El lunes 20 de octubre de 2025, millones de personas alrededor del mundo experimentaron la caída de servicios tan esenciales como las transferencias bancarias, la carga de la SUBE, el acceso a noticias, la mensajería o el streaming de música. La causa no fue un ciberataque ni un evento catastrófico, sino algo tan simple como «una falla en una actualización menor» en un datacenter de Amazon en la región «us-east-1». El problema se propagó en cascada por doce horas, paralizando grandes porciones de internet, según la nota del periodista Valentín Muro para Cenital.
El evento fue un duro recordatorio de que el ideal de una internet descentralizada y resistente, diseñada para que las comunicaciones se «enrutaran alrededor del daño», es hoy «poco más que una leyenda». Muro señala que la infraestructura crítica de la red se ha concentrado al punto de que la funcionalidad diaria se apoya en un «oligopolio de infraestructura invisible».
La concentración se evidencia en el mercado del cloud computing: Amazon Web Services (AWS) controla cerca de un tercio de la web, y junto a Microsoft (Azure) y Google, se reparten casi todo el resto. Muro afirma que nuestro cielo digital tiene «apenas tres grandes nubes» y luego el resto.
Esta centralización ya encendió alarmas regulatorias a nivel mundial. Como señala una experta citada por el autor, el apagón demuestra la necesidad de un mercado «más abierto e interoperable», uno donde «ningún proveedor pueda paralizar gran parte de nuestro mundo digital». La comodidad de «alquilar computadoras» a estos gigantes, que convirtió la infraestructura en una opción accesible, derivó en una dependencia que compromete la resiliencia teórica de la red.
La migración masiva de servicios a un puñado de proveedores genera un «vendor lock-in» (encierro de proveedor) casi imposible de desandar, cimentado en la complejidad técnica y el costo prohibitivo. El autor cita al CTO de Basecamp, David Heinemeier Hansson, quien argumentó que el marketing de la nube «convenció a una generación de programadores de que lo más aterrador del mundo era conectar su propio servidor a Internet» para que pudieran venderse las mismas dependencias centralizadas con enormes márgenes.
El apagón demuestra que esta centralización tiene consecuencias que van más allá de lo comercial, impactando servicios esenciales y de infraestructura pública. Muro concluye que «La nube no existe, es la computadora de alguien más», y que la verdadera resiliencia exige un cambio fundamental en cómo se concibe la infraestructura digital, ya que la decisión de depositar tantas funciones críticas en pocos actores «no deba ser una cuestión meramente técnica sino una sujeta a consideraciones más profundas».
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