Una lección antigua para los tiempos que corren.
En el siglo II antes de Cristo, Roma avanzaba implacable sobre la península ibérica. Pero se encontró con un enemigo difícil de doblegar: Viriato, líder lusitano que, con estrategia y coraje, resistió durante años el avance romano.
Al no poder vencerlo en el campo de batalla, Roma optó por un atajo: sobornó a tres de sus lugartenientes para que lo asesinaran mientras dormía. El plan funcionó. Viriato fue traicionado y asesinado por quienes compartían su tienda y su lucha.
Los traidores, seguros de recibir oro y honores, se presentaron ante el cónsul romano. Pero la respuesta que recibieron fue brutal y definitiva:
“Roma no paga traidores”
Fueron ejecutados sin contemplaciones.
¿La enseñanza? Para los imperios —y también para los poderosos de hoy— el traidor nunca es digno de confianza. Puede ser útil por un momento, pero su destino está sellado: desprecio, aislamiento y olvido.
En política, como en la guerra, la lealtad construye. La traición sólo promete atajos que terminan en callejones sin salida.
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